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Aprovechamos esta época estival para recordar algunos de nuestros reportajes, noticias y artículos más leídos desde que iniciáramos nuestra andadura hace ya casi diez años.

Comenzamos con el recuerdo cariñoso de Francisco Roldán a María “Polita”, personaje villaodonenese querido y recordado por muchos.

 

Polita

Se llamaba María y su tienda, Polita, fue la primera tienda de chuches que recuerdo en el pueblo. Estaba en mitad de la calle Federico Latorre, en el lado de la izquierda según bajas desde la Plaza del Mercado.

Las calles de Villaviciosa aún estaban sin asfaltar, y un chaval de siete años podía salir de su casa en bici y cruzar solo el pueblo sin que sus padres tuvieran que preocuparse de los coches o de que su hijo pudiera cruzarse con algún extraño, pues todos nos conocíamos y, fueras donde fueras, siempre había alguien cuya cara te sonaba de siempre que sabía perfectamente “de quién eras” y dónde vivías.

Polita era un pequeño establecimiento en el que María vendía golosinas, polos, flases, sobres sorpresa con recortables y soldaditos, bollos y algunos refrescos. Debió de ser el primer “seven eleven” que hubo en España porque, fuera la hora que fuera, María siempre estaba dispuesta a abrir y atender a cualquiera que se acercase a su tienda, y en especial a los niños que, como yo, no teníamos aún ni reloj ni edad para comprender qué era eso de los horarios. Si al llegar a la tienda la encontrábamos cerrada, no teníamos más que asomarnos a la puerta verde de al lado, que daba al jardín de su casa, y llamarla a voz en grito:

-¡¡¡María!!! ¡¡¡Maríaaaaa!!!

-Voooy- contestaba ella desde dentro. Minutos después, aparecía con la llave y, sonriente y amable, te atendía siempre con infinita paciencia, ya la hubieras pillado haciendo la comida, ya la hubieras despertado de la siesta, ya la hubieras interrumpido en una reunión con alguna amiga.

-Ponme un sidral de cola, un sobre sorpresa, unos caramelos pez, unos pica pica…- Y así hasta agotar las cinco o diez pesetas que llevábamos de presupuesto para nuestro habitual atracón de chucherías. Y María enfrente, atendiendo nuestras peticiones, aguardando ante nuestra indecisión, amoldándose a nuestros cambios de criterio y haciendo la vista gorda si nos faltaba algún céntimo –de los de peseta- para completar el abono del pedido.

–No, mejor quítame el regaliz y ponme otro chicle, quita el supositorio y pon una gominola…-. Y ella siempre paciente poniendo, quitando, cambiando, contando y cobrando.-Da recuerdos a tus tías de La Fanega- solía decirme cuando me iba.

En cierta ocasión andaba boyante de dinero y decidí hacer un exceso y comprarme una Pepsi Cola fría que María guardaba en su nevera. Cuando me la iba a abrir, le dije que no lo hiciera porque prefería tomármela en casa. Accedió algo recelosa, porque ello conllevaba el riesgo de que extraviase el casco y le descuadrase el cajón de botellas que tenía que devolver al repartidor. Me comprometí a llevársela al día siguiente, pero la botella se me cayó aquella tarde al suelo y se rompió. Durante aquel verano, cada vez que volvía a la tienda me recordaba el tema, y yo le decía que sí, que se me había olvidado pero que la próxima vez no se me pasaría. No me atrevía a decirle la verdad porque pensaba que se llevaría un gran disgusto. Finalmente acabó por tirar la toalla y, fingiendo haberse olvidado de aquel malogrado casco, siguió atendiéndome con su amabilidad de siempre, como si nada hubiera ocurrido.

Nos hicimos mayores, asfaltaron las calles, llegaron la Coca Cola y la Pepsi de lata y aparecieron nuevas tiendas de chuches. Un buen día se fue Polita, y ya nunca más volvió a dejarse caer por la calle Federico Latorre ningún mocoso con un duro en el bolsillo gritando a las cuatro de la tarde: ¡¡¡Maríaaaaaaaa!!!

Francisco Roldán Santías.

 

Foto; plumea.com